Han pasado veinticinco años desde aquel martes gris que cambió el curso del siglo XXI. El 11 de septiembre de 2001, cuando las torres gemelas del World Trade Center se desplomaron bajo el fuego de aviones secuestrados por terroristas islámicos, Estados Unidos y sus aliados lanzaron una respuesta sin precedentes: la Guerra Global Contra el Terror (GWOT). Hoy, al mirar hacia atrás desde la perspectiva de 2026, es imperativo analizar no solo los hechos históricos, sino el peso real que esta campaña dejó en la geopolítica mundial.
Según reporta El Comercio, el entonces presidente George W. Bush articuló una estrategia destinada a combatir el problema en sus raíces ideológicas y territoriales. La respuesta militar fue inmediata y abrumadora. En octubre de 2001, las fuerzas estadounidenses junto a la Alianza del Norte invadieron Afganistán para desmantelar al grupo Al-Qaeda y derrocar al régimen talibán que lo acogía. Fue el primer frente abierto en esta larga contienda.
El apoyo popular inicial fue masivo. El pueblo estadounidense, herido por los ataques suicidas de la organización liderada por Osama bin Laden, respaldó con firmeza estas intervenciones militares iniciales. La narrativa de "con o contra nosotros" simplificó el discurso público y legitimó operaciones que, con el tiempo, se expandirían mucho más allá del objetivo original.
La expansión hacia Irak y la guerra prolongada
Sin embargo, el conflicto no se quedó en los montes afganos. En 2003, bajo la premisa (posteriormente desmentida) de que Iraq poseía armas de destrucción masiva vinculadas al terrorismo, Estados Unidos lideró una invasión para derrocar a Saddam Hussein. Esta decisión dividió profundamente al mundo y abrió un segundo frente sangriento que se prolongaría durante años.
La guerra en Irak derivó en un caos insurgente y sectario que debilitó la estabilidad regional. Mientras tanto, en Afganistán, los talibanes lograron reorganizarse lentamente hasta recuperar el control del país en 2021, tras la retirada definitiva de las tropas estadounidenses. Veinticinco años después, la pregunta sobre si se logró "derrotar" al terrorismo sigue abierta y sin una respuesta sencilla.
La GWOT no fue solo militar; también transformó la seguridad interior en Occidente. Se crearon nuevas agencias de inteligencia, se endurecieron los controles fronterizos y se implementaron tecnologías de vigilancia masiva que hoy siguen siendo objeto de debate ético y legal. La vida cotidiana del ciudadano común cambió para siempre ante el temor recurrente a nuevos ataques.
El costo humano y las lecciones geopolíticas
Más allá de los discursos políticos, el balance humano es devastador. Millones de personas en Afganistán e Irak perdieron sus vidas directa o indirectamente debido a estas intervenciones. Las infraestructuras civiles fueron destruidas, y la sociedad civil se fragmentó bajo bombardeos y ocupaciones militares prolongadas, como publicó este diario en ¡Alerta! Abás pide acción urgente contra Israel tras sangriento enfrentamiento.
El Comercio destaca que, aunque el objetivo inicial era desarticular las redes terroristas islámicas radicales, el resultado fue una reconfiguración del mapa de conflictos. Surgieron nuevas facciones extremistas en Siria, Libia y Sahel africano, muchos veces como consecuencia indirecta del vacío de poder creado por la intervención extranjera.
La figura de Osama bin Laden cayó en 2011 durante una operación especial en Pakistán, pero su muerte no significó el fin de Al-Qaeda ni del terrorismo global. La ideología se dispersó y mutó, demostrando que la guerra convencional es insuficiente contra amenazas asimétricas e ideológicas.
Hoy, veinticinco años después, las democracias occidentales enfrentan un nuevo escenario: el resurgimiento de poderes autoritarios y conflictos híbridos. La GWOT dejó una lección clara pero dolorosa: la militarización como herramienta principal contra problemas políticos complejos tiene límites evidentes.
La memoria del 11-S sigue viva en los monumentos conmemorativos de Nueva York, Washington y Shanksville. Pero también vive en las familias de soldados caídos y en las víctimas civiles de Oriente Medio. El legado es ambivalente: una mayor seguridad aeroportuaria frente a un mundo más inestable.
La guerra contra el terror no fue solo una campaña militar; fue un punto de inflexión que redefinió la soberanía, los derechos civiles y las alianzas internacionales durante dos décadas. Su conclusión sigue pendiente en muchos frentes geopolíticos actuales.