¡Agárrense que vienen curvas! La crisis del gas natural vehicular (GNV) que viene golpeando al país no solo nos tiene haciendo colas kilométricas en las estaciones de servicio, sino que ahora nos está pegando directito en el bolsillo de la peor manera posible. La inflación de marzo podría convertirse en la más alta de los últimos cuatro años, y la culpa la tiene esta escasez que parece no tener fin.
Como si fuera poco tener que madrugar para conseguir un poquito de gas para el carro, ahora resulta que todo está subiendo de precio. Y es que cuando el combustible se encarece, es como un efecto dominó que arrastra absolutamente todo: desde el pan de cada día hasta el pasaje en combi. ¡Una verdadera pesadilla para el bolsillo peruano!
El gas que nos tiene gasosos a todos
La situación del GNV ha sido un verdadero dolor de cabeza nacional. Las largas colas en las estaciones se han vuelto parte del paisaje urbano, y los conductores están que no pueden más. Pero el problema va mucho más allá de la incomodidad de esperar horas para cargar combustible.
Cuando el gas escasea, los precios de los combustibles alternativos se van por las nubes. La gasolina y el diésel, que ya venían subiendo, ahora están más caros que nunca. Y cuando sube el combustible, ¿quién paga los platos rotos? ¡Exacto, nosotros los consumidores!
La inflación que nos tiene inflados
Los expertos están proyectando que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de marzo alcance niveles que no veíamos desde hace cuatro años. ¿Y qué significa esto en cristiano? Que todo está más caro y nuestro dinero rinde menos que antes.
La crisis energética está generando un círculo vicioso: menos gas disponible, más caro el transporte, más caros los productos, y al final todos terminamos pagando más por lo mismo.
Los productos alimentarios son los que más están sintiendo el golpe. Desde las verduras del mercado hasta el pollo del domingo, todo está subiendo porque el costo del transporte se ha disparado. Los camioneros y distribuidores no tienen más opción que trasladar estos costos adicionales directamente al precio final de los productos.
El efecto dominó que nadie pidió
Lo que empezó como un problema técnico en el suministro de gas se ha convertido en una bola de nieve económica. Los restaurantes están subiendo sus precios, los servicios de delivery cobran más por el envío, y hasta el costo de los productos básicos en los supermercados se ha incrementado.
Las familias peruanas están sintiendo el golpe en su economía doméstica. Lo que antes alcanzaba para una semana de compras, ahora apenas cubre cinco días. Y si a eso le sumamos que muchos trabajos no han aumentado los sueldos al mismo ritmo, la situación se vuelve cada vez más complicada.
¿Y ahora qué hacemos?
Mientras las autoridades buscan soluciones a mediano y largo plazo para estabilizar el suministro de gas, los peruanos tenemos que ingeniárnoslas para estirar el presupuesto familiar. Algunos han optado por cambiar sus hábitos de consumo, otros por buscar alternativas más económicas, y muchos simplemente están apretándose el cinturón.
La situación actual nos recuerda lo interconectado que está todo en la economía. Un problema en el sector energético termina afectando desde el precio del pan hasta el costo del transporte público. Es como si todo fuera una gran telaraña donde cualquier movimiento genera ondas que llegan hasta el último rincón.
Lo cierto es que esta crisis del gas nos ha enseñado, de la manera más cara posible, lo dependientes que somos de una energía estable y accesible. Mientras esperamos que la situación se normalice, no nos queda más que adaptarnos a esta nueva realidad inflacionaria que, lamentablemente, parece que llegó para quedarse un buen tiempo.
La pregunta del millón es: ¿cuánto más podremos aguantar esta subida generalizada de precios antes de que la economía familiar termine por colapsar?