Política Seguridad Economía Internacional Justicia Sociedad Deportes Entretenimiento
Ocho presidentes en diez años y la economía peruana sigue en pie: el misterio que nadie se explica

Ocho presidentes en diez años y la economía peruana sigue en pie: el misterio que nadie se explica

A pesar de la crisis política más intensa de su historia reciente, Perú mantiene indicadores económicos que sorprenden a propios y extraños

Compartir:

¿Alguna vez has jugado Jenga? Imagina que cada pieza que sacan es un presidente que se va (o lo sacan) y, contra todo pronóstico, la torre sigue de pie. Pues así es la economía peruana: tambaleándose políticamente, pero negándose a caer. Y la pregunta del millón —o del billón, en soles— es: ¿cómo diablos lo logra?

La montaña rusa presidencial que empezó en 2016

Todo arrancó con el choque frontal entre Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y un Congreso dominado por Fuerza Popular, el partido de Keiko Fujimori. Desde entonces, Perú ha visto desfilar por Palacio de Gobierno a PPK, Martín Vizcarra, Manuel Merino (que duró apenas cinco días, ¡cinco!), Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte... y la cuenta sigue.

Ocho presidentes en una década. Eso no es política, es un speed dating presidencial. Vacados, renuncias, golpes de Estado fallidos, autogolpes reales y protestas masivas han sido el menú del día en la política peruana. En cualquier otro país, semejante inestabilidad hubiera mandado la economía al tacho de basura.

Pero Perú no es cualquier país. Y aquí viene lo interesante.

El piloto automático de la economía peruana

Los expertos coinciden en un punto clave: las instituciones económicas peruanas están diseñadas para funcionar casi en piloto automático, independientemente de quién ocupe el sillón presidencial. El Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) es considerado uno de los más sólidos y autónomos de América Latina.

Mientras los presidentes entraban y salían como por puerta giratoria, el BCRP mantuvo una política monetaria disciplinada, controlando la inflación y manteniendo estable el tipo de cambio. En 2023, la inflación cerró en torno al 3.2%, una cifra envidiable para la región donde países como Argentina lidiaban con cifras de tres dígitos.

Además, Perú cuenta con una deuda pública relativamente baja (alrededor del 33% del PBI), reservas internacionales robustas que superan los 70 mil millones de dólares, y un marco fiscal que, aunque no es perfecto, ha puesto candados suficientes para evitar el derroche populista que tanto daño ha hecho en otros países latinoamericanos.

El motor que no para: minería, agroexportación y más

La estructura productiva del Perú también juega un rol fundamental. La minería, que representa cerca del 60% de las exportaciones del país, funciona con contratos a largo plazo y operaciones que no dependen del presidente de turno. Cobre, oro, zinc y plata siguen saliendo del país llueva, truene o vacuen presidentes.

La agroexportación es otra joya de la corona. Perú se ha consolidado como el principal exportador mundial de arándanos y uno de los líderes en uvas, paltas y espárragos. Este boom agrícola ha generado empleo y divisas de manera constante, blindando parcialmente a la economía de los terremotos políticos.

El sector informal, que abarca entre el 70% y 75% de la fuerza laboral peruana, también es un factor paradójico: opera al margen del Estado, por lo que la crisis política le afecta menos directamente. Es una economía que, para bien o para mal, no depende demasiado de lo que pase en el Congreso.

Pero ojo: resistir no es lo mismo que prosperar

Ahora, que la economía resista no significa que esté de maravilla. El crecimiento del PBI peruano ha perdido velocidad notablemente. Si en la década de 2000-2010 Perú crecía a tasas del 6% o 7% anual, en los últimos años apenas ha logrado crecer entre 2% y 3%. La inversión privada se ha estancado porque, lógicamente, ningún inversionista grande quiere poner su plata en un país donde no sabes quién será presidente la próxima semana.

La pobreza, que había bajado significativamente durante el boom económico, volvió a subir tras la pandemia y no ha logrado recuperar los niveles pre-COVID. La desigualdad sigue siendo un problema estructural y los servicios públicos —salud, educación, seguridad— están en estado crítico, precisamente porque la inestabilidad política impide reformas de largo plazo.

"La economía peruana es como un auto que avanza en segunda marcha: no se detiene, pero está muy lejos de alcanzar su verdadero potencial", señalan analistas económicos consultados por medios especializados.

¿Hasta cuándo aguanta la torre de Jenga?

La gran pregunta es si esta resiliencia económica tiene fecha de vencimiento. Los analistas advierten que la fortaleza institucional del BCRP y el marco fiscal no son eternos. Cada crisis política erosiona un poquito más la confianza, cada presidente improvisado deja proyectos abandonados y cada protesta violenta ahuyenta inversiones.

Las agencias calificadoras de riesgo ya han advertido. S&P rebajó la perspectiva de Perú a negativa, y Fitch ha mantenido el ojo puesto en la gobernabilidad como factor de riesgo principal. Si algún gobierno futuro decide meter mano en el BCRP o romper la disciplina fiscal, el castillo de naipes podría venirse abajo más rápido de lo que canta un gallo.

Por ahora, la economía peruana sigue demostrando una resistencia que tiene más que ver con sus cimientos institucionales que con sus líderes políticos. Pero como dice el refrán: tanto va el cántaro al agua que al final se rompe. Y Perú ya lleva demasiados viajes.