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Crisis energética en Perú: cuando la improvisación política nos deja a oscuras

Crisis energética en Perú: cuando la improvisación política nos deja a oscuras

La falta de planificación y la dependencia energética exponen las grietas más profundas del Estado peruano

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Si alguna vez te preguntaste qué pasa cuando un país decide gobernar con parches en vez de planes, la crisis energética peruana es tu respuesta perfecta. Y no, no es un meme: es la realidad que nos tiene al borde de apagones, tarifas por las nubes y una economía que podría tambalearse si nadie pone las barbas en remojo.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Spoiler: no fue de la noche a la mañana

La crisis energética que atraviesa el Perú no cayó del cielo como un rayo (aunque de rayos y electricidad sí va la cosa). Según un análisis publicado por Caretas, el problema tiene raíces profundas: décadas de improvisación política, una planificación energética prácticamente inexistente y una dependencia peligrosa de fuentes que no siempre están disponibles cuando más las necesitamos.

El país ha crecido en demanda eléctrica de manera sostenida, pero la infraestructura y las políticas públicas no han ido al mismo ritmo. Es como si quisiéramos correr una maratón con zapatos de hace 20 años: en algún momento, algo se rompe.

La matriz energética peruana depende en gran medida del gas natural y la hidroelectricidad. Ambas fuentes, aunque importantes, están sujetas a variables que escapan del control humano: sequías que reducen los caudales de los ríos y problemas logísticos en el suministro de gas. Cuando estas variables se alinean en contra, el sistema colapsa.

Política y economía: el divorcio que nos sale carísimo

Uno de los puntos más contundentes que expone esta crisis es la peligrosa separación entre las decisiones políticas y las necesidades económicas del país. En el Perú, las decisiones energéticas se han tomado históricamente pensando en el corto plazo, en la próxima elección, en el aplauso fácil.

¿Inversión en infraestructura energética a largo plazo? Eso no da votos, dicen algunos. ¿Diversificación de la matriz energética con renovables? Suena bonito, pero requiere planificación y voluntad política sostenida. Y ahí está el problema: la rotación constante de funcionarios y ministros hace que cada gobierno empiece prácticamente de cero.

La crisis energética no es solo un problema técnico: es el reflejo de un Estado que no logra articular políticas públicas coherentes con las necesidades reales de su economía y su población.

Las tarifas eléctricas ya empezaron a sentir el impacto. Los hogares peruanos y las industrias enfrentan incrementos que golpean el bolsillo en un contexto donde la inflación y el costo de vida ya venían apretando. Para las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, un aumento en el costo de la energía puede significar la diferencia entre sobrevivir o cerrar.

La dependencia del gas de Camisea: huevos en una sola canasta

El gas de Camisea ha sido durante años el pilar del sistema energético peruano. Su llegada fue celebrada como la solución definitiva, pero la realidad ha demostrado que depender excesivamente de una sola fuente es una receta para el desastre.

Los problemas de transporte, las disputas contractuales y la falta de inversión en exploración de nuevas reservas han puesto en jaque la disponibilidad del recurso. Mientras tanto, las energías renovables —solar, eólica, geotérmica— siguen siendo marginales en la matriz energética nacional, pese a que el Perú tiene un potencial enorme para su desarrollo.

Países vecinos como Chile y Colombia ya están apostando fuerte por la diversificación energética. El Perú, en cambio, parece estar atrapado en un loop de promesas incumplidas y planes que se quedan en el papel.

¿Qué se necesita para salir del apagón político-energético?

Los especialistas coinciden en varios puntos clave. Primero, se necesita una política energética de Estado —no de gobierno—, que trascienda los ciclos electorales y tenga metas claras a 10, 20 y 30 años. Segundo, es urgente diversificar la matriz energética incorporando de manera agresiva fuentes renovables. Tercero, hay que modernizar la infraestructura de transmisión y distribución eléctrica, que en muchas zonas del país es obsoleta.

Además, se requiere fortalecer las instituciones del sector energético. El Ministerio de Energía y Minas, Osinergmin y el COES deben tener la capacidad técnica y la independencia política necesarias para tomar decisiones basadas en datos, no en conveniencias partidarias.

Sin una visión de largo plazo, el Perú seguirá navegando de crisis en crisis, pagando costos cada vez más altos por no haber invertido a tiempo.

La crisis energética es, en el fondo, un espejo de un problema mucho mayor: la incapacidad del Estado peruano para planificar y ejecutar políticas públicas serias. No es solo sobre kilovatios y megavatios; es sobre qué tipo de país queremos ser y si estamos dispuestos a dejar de improvisar.

El reloj corre y la cuenta de luz también

Lo cierto es que cada día que pasa sin una respuesta estructural, el problema se agrava. Las inversiones en infraestructura energética toman años en concretarse, y mientras tanto la demanda sigue creciendo. El sector minero, motor de la economía peruana, necesita energía confiable y a precios competitivos para seguir operando. El sector industrial también. Y las familias peruanas, ni hablar.

La pelota está en la cancha de las autoridades, pero también de la ciudadanía. Exigir una política energética seria no es un lujo: es una necesidad de supervivencia económica. Porque si algo nos enseña esta crisis es que separar la política de la economía es como separar la luz del enchufe: al final, todos nos quedamos a oscuras.